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sábado, 4 de marzo de 2023

 EL 541, SEÑOR, SI SEÑOR, O BIENVENIDOS AL FUTURO ... AGAIN.

Llegamos en un día lluvioso. Casi al final de la recta de Coreses. Los alumnos veteranos del San
José empezaron a alborotarse gritando entre aliviados tras el largo viaje y quizá ansiosos por ver
a viejos compañeros, ¡¡¡ que ya se ve!!! ¡¡¡que ya se ve!!!... Y lo que se veía por la sucia ventanilla
del autobús Setra Seida, de la que pendía una ajada y sucia cortina, era un edificio enorme, de
ladrillo rojo, de infinitas celdillas vagamente cuadrangulares, que oscurecía con su silueta el sky
line de una vieja ciudad castellana, Zamora,; una ciudad que conocía por la memorística
Geografía de primero de bachillerato, por estar entre dos míticas comarcas de la provincia: la
tierra del pan y la tierra del vino. Juanjo Undabarrena Urdingio y yo, que veníamos del sucio
Bilbao, nos miramos y probablemente resignados diríamos: ¿qué va a pasar ahora? Esa línea
virtual, imperceptible frontera paisajística, nos llevaba a 90 km/h hacia un destino en el que
había de pasar seis años. Llegue con pantalones cortos y lo abandoné tras dos angustiosas
reválidas, un lejano día 30 de Junio de 1972, con la cabeza llena de vocabulario greco-latino,
silogismos, teoría de conjuntos y los partidos políticos en la segunda república y Guerra Civil que
conocimos tras un trabajo de Historia que hice a medias con el Peque; y el inagotable caudal de
conceptos jurídicos que en COU nos vomitaba aquel mítico profesor D. Licesio, “qué mascullas
Licesín” que apuntaba con gracia Pajares, tras aquellas tediosas sesiones de Introducción al
Derecho que nos adormecían de 4 a 5 en aquellas luminosas tardes de la primavera zamorana.
Aquél día llovía mucho y probablemente ya hacía frío, aquel frío castellano que, acostumbrados
a la humedad permanente de Bilbao, y criados entre la niebla y el smog, nos heló la sangre y
que, combinado con el miedo a lo desconocido, nos condicionó el sexenio que acabábamos de
inaugurar asidos al número que adornaba nuestras escasas y homogéneas pertenencias: el 541.
Nada de esto os es ajeno, es parte de nuestra historia vital; de aquella serie de hitos que fueron
ahormando nuestra personalidad, asidos a una naciente y necesaria amistad hoy convertida en
lejana melancolía, hilvanada ahora por un puñado de números de móvil, afortunadamente.
Bienvenidos al futuro ... again.

martes, 10 de abril de 2012

y final

Procedíamos de planetas muy diversos, éramos una suma de personalidades y de inquietudes muy complejas, y pese a ello rara vez se entraba en colisión, al ser muy intensos los elementos que daban cohesión al grupo: alguna rivalidad deportiva, la complicidad ante situaciones de desamparo personal, la forma de compartir la soledad en el grupo, el concurso sobre la vida de Santo Domingo Sabio, las estampas de la virgen, las viejas portadas de la revista Blanco y Negro de la sala de Juegos, el ruido estridente de los futbolines, la atmósfera cargada de tabaco de los humeantes celtas cortos o bisontes, anclados en las patas de la mesa entre calada y calada y las cuarenta en bastos.de sala de juegos; y el ruido de fondo del ping-pong en el que siempre ganaba Frontela y el que provenía de aquella vieja televisión en B/N en la que se combinaba el cansino narrar de los partidos de futbol desde algún campo que siempre estaba embarrado y la música del programa la Juventud Baila de los sábados por la tarde-noche. Y en la misma franja horaria, en nuestro prime time vespertino y sabatino, oiríamos también las voces de Barreiro, cuyo proverbial tono de voz anticipaba su presencia varios kilómetros o de Pajares o Miki convocándonos a alguna doméstica revuelta, del Peke fumándose toda la Tabacalera Española a la vez, de Retortillo tratando de poner calma y sensatez entre todos o de Gabriel recaudando el duro que necesitábamos para comprar el disco de Credence Clearwater Revival, Proud Mary que habíamos oído por la mañana en los cuarenta principales de la Ser. Y si cierras los ojos oirás también el ruido de todos los silencios que un toque de silbato o unas simples palmas eran capaces de provocar en la nave de formación.
Más de cuarenta años después la asepsia de la nave en vuelo y la pérdida de capacidad en algunos de nuestros sentidos nos había ido privando de aquellas sensaciones cuyo recuerdo, inevitablemente, nos trasladaba de inmediato a nuestros orígenes, al lugar de donde procedíamos, donde siempre estarían anclados, buenos o malos, gran parte de nuestros recuerdos. Bipppp….fin de la transmisión.

Basilio

jueves, 29 de marzo de 2012



Bip… a que Bip...Comandante Llamando a la base Alfa-Zeta… creo que tenemos un problema… Desde las navidades del once del veintiuno están descendiendo alarmantemente las reservas de cerveza, repito, cerveza…tripulación inquieta….Pero nadie contestaba. Por un momento, mientras esperaba una respuesta, el comandante con la mirada perdida en el profundo oscuro, recordaba el olor de aquellos días en los que tras el terrible Febrero el sol lo inundaba todo, en los que el viento, frío, aún nos cortaba la respiración en aquel inmenso patio, tierra de nadie y frontera con el campo, de la ciudad de Alfa-Zeta a finales de los años sesenta. Recordaba ahora el olor de los primeros almendros en flor que poblaban el llamado alto de los curas, y las lindes del otrora pago de viñas del otro lado de la carretera nacional, el olor del potaje de garbanzos del viernes de cuaresma, que empezaban a cocinar las hermanas clarisas encargadas de la cocina y que hacía que hasta encontrásemos apetecible el bocadillo de mortadela que acabábamos de coger de un inmenso canasto verde antes de salir a aquel patio, síntesis de todas las calles, pocas calles, que componían el mapa mental de nuestra adolescencia. Aún podía percibir el lejano eco del olor a aula de las aulas, a humanidad de las bolsas de deporte ubicadas en la retaguardia de nuestros dominios, de nuestro pupitre; o el olor a lejía sobre el sintasol de los pasillos recién fregados, a imprenta de los manuales y cuadernos, el denso olor a internado que presidía tanto la planta del comedor en cuyo hall distribuidor se encontraba “el” teléfono, como la planta baja; y también el olor a alcohol y mercromina de la enfermería e incluso el olor del miedo que había presido la última clase de matemáticas, de química, de latín o de Galaxias I.
Aquella enorme densidad de olores a los que estaban anclados los recuerdos era irrepetible; de vez en cuando alguno afloraba a la mente por asociación de ideas con algún color, con alguna sensación perdida: el olor al tabaco que presidía los recreos internados, el olor de la goma de borrar MILAN, el olor a imprenta de los libros estrenados y aparcados
dentro de aquel inmenso pequeño pupitre, olor de la tinta de alguna pluma Parker regalo de los últimos reyes, el olor, en fin, a pies de los vestuarios del gimnasio y a plástico de la cazadora- uniforme de los años de nuestra formación como pilotos de una nave que todavía no sabíamos dónde nos llevaría.Bip… a que Bip...Comandante Llamando a la base Alfa-Zeta… creo que tenemos un problema… Desde las navidades del once del veintiuno están descendiendo alarmantemente las reservas de cerveza, repito, cerveza…tripulación inquieta….Pero nadie contestaba. Por un momento, mientras esperaba una respuesta, el comandante con la mirada perdida en el profundo oscuro, recordaba el olor de aquellos días en los que tras el terrible Febrero el sol lo inundaba todo, en los que el viento, frío, aún nos cortaba la respiración en aquel inmenso patio, tierra de nadie y frontera con el campo, de la ciudad de Alfa-Zeta a finales de los años sesenta. Recordaba ahora el olor de los primeros almendros en flor que poblaban el llamado alto de los curas, y las lindes del otrora pago de viñas del otro lado de la carretera nacional, el olor del potaje de garbanzos del viernes de cuaresma, que empezaban a cocinar las hermanas clarisas encargadas de la cocina y que hacía que hasta encontrásemos apetecible el bocadillo de mortadela que acabábamos de coger de un inmenso canasto verde antes de salir a aquel patio, síntesis de todas las calles, pocas calles, que componían el mapa mental de nuestra adolescencia. Aún podía percibir el lejano eco del olor a aula de las aulas, a humanidad de las bolsas de deporte ubicadas en la retaguardia de nuestros dominios, de nuestro pupitre; o el olor a lejía sobre el sintasol de los pasillos recién fregados, a imprenta de los manuales y cuadernos, el denso olor a internado que presidía tanto la planta del comedor en cuyo hall distribuidor se encontraba “el” teléfono, como la planta baja; y también el olor a alcohol y mercromina de la enfermería e incluso el olor del miedo que había presido la última clase de matemáticas, de química, de latín o de Galaxias I.
Aquella enorme densidad de olores a los que estaban anclados los recuerdos era irrepetible; de vez en cuando alguno afloraba a la mente por asociación de ideas con algún color, con alguna sensación perdida: el olor al tabaco que presidía los recreos internados, el olor de la goma de borrar MILAN, el olor a imprenta de los libros estrenados y aparcados
dentro de aquel inmenso pequeño pupitre, olor de la tinta de alguna pluma Parker regalo de los últimos reyes, el olor, en fin, a pies de los vestuarios del gimnasio y a plástico de la cazadora- uniforme de los años de nuestra formación como pilotos de una nave que todavía no sabíamos dónde nos llevaría. 
Continuará...

Basilio

sábado, 24 de marzo de 2012

El olor y ruido del tiempo tras el paso del tiempo: nave a la deriva con incierto destino


Decíamos ayer, que el tiempo había puesto distancia entre nosotros y aquellos años en los que la actividad en la Tierra terminaba bruscamente con un apagón de luz a las 23 horas, para llenar de silencio las calles de la ciudad vertical de la que habíamos partido. En unos días, ese tiempo tendría un año-tierra más y la distancia con los despreocupados años del adiestramiento en Alfa-Zeta sería ya abismal; el tiempo de travesía y la falta de gravedad nos había ido privando de músculo y masa capilar –a unos más que a otros-, al tiempo que nos había ido creciendo una extraña banda abdominal cuyo origen inmediato no acertábamos a identificar y que sin embargo crecía al tiempo que mermaban las reservas de cerveza de la nave. Se imponía un recorte y la asamblea de la nave con buen criterio acordó por unanimidad que lo único que se debería recortar era el tiempo entre ingesta e ingesta, asumiendo todos la inmensa zozobra que ello generaba ya que la caída de las reservas describiría una curva similar a la del valor de la deuda griega en aquellos lejanos años diez del veintiuno. Para afrontar este problema se creó la correspondiente comisión integrada a partes iguales por bebedores y abstemios, que se dio un plazo de 10 semanas luz para proponer una solución. 
Continuará...


Valladolid, viernes 23 de marzo                                                                                        Basilio                      

sábado, 19 de noviembre de 2011

Hipérboles y parábolas de nuestro primer trimestre del 69 (2ª parte)

Más de uno se quedó con las ganas de decir que nadie había tirado del balón, que en realidad era el balón el que había huido para no verse sometido a tal catálogo de patadas sin criterio, cansado de comprobar, además, que nadie se lo quería quedar; y es que no dejaba de ser paradójico oír a 160 gargantas gritar ¡a mí, a mi! pásamela, a mi a mi¡ y comprobar que el objeto de tal petición no era otro que desprenderse rápidamente del balón, dándole otra patada, para atender a otros 20 o 30 del mismo equipo que, entre otros cincuenta jugadores del equipo contrario, allá a lo lejos, repetían también, ¡a mí, a mí, que estoy solo¡ ¿solo? Pero...¿ solo, solo solo o simplemente mal acompañado?
Ciertamente teníamos una notable capacidad de camuflaje entre las trincheras y colinas de arcilla de aquellos campos de futbol, con aquellos pantalones de lona semirígida de color beige y a cazadora de punto-plástico, pero no tanto como para escondernos entre la multitud de jugadores, todos vestidos del mismo modo y ahora sometida a un hábil interrogatorio, casi divino: ¿quién ha sido, repito?... Como no salga el que ha sido no volveréis a ver el balón en lo que queda de trimestre –que acababa de empezar, por cierto-. Aquella amenaza era tan fuerte, tan creíble, tan intolerable… que empezamos a apreciar un cierto murmullo de desánimo en ambos equipos…temiendo que apareciese una voz delatora; pero lo que apareció fue nuevamente el balón describiendo una parábola, también imposible, para hacer diana en la cabeza de D. Vicente, acompañado de un ¡me cago en la madre que os parió¡, que eran muchas -160- madres en aquel trance- ¡como vuelva a caer un balón en mi tejado…..! y la voz se fue apagando entre las risas de los dos equipos por el balonazo que había recibido el cura en la cabeza.
Además de salvarnos en aquella delicada situación, los habitantes de aquellas casas-jardín eran casi nuestro único asidero con la realidad. En ellas podíamos reconocer el ritmo de vida doméstico que con el paso de los meses y de los años se nos iría olvidando; una vida sin más presencia femenina que la que podíamos intuir tras aquellas tapias y con la que alguno llegó a relacionarse como la humanidad con los extraterrestres en los encuentros en la tercera fase de Steven Spielberg, es decir, con juegos de luces –apaga-enciende-apaga- al filo de las 11 horas, en días alternos, como triste consuelo ante la fiebre del sábado noche… bueno y de los domingos, los lunes, los martes…de los 69 largos días y no menos de 15 misas intercaladas que duraba el trimestre lectivo. 

Basilio Calderón.  
        Valladolid, Noviembre 2011

 

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Hipérboles y parábolas de nuestro primer trimestre del 69 en la ciudad vertical


Aquel día de enero de 1969, habían ampliado la hora del recreo porque el cura de Religión estaba en crisis… de fe, o en crisis febril en la enfermería del Dr. Fombellida. Las 160 criaturas de cuarto curso, los mayores de la ciudad vertical, casi todos en pantalón corto, voz entre fuerte y floja y vergonzante bigote, vagaban por el patio en busca de alguna razón para seguir allí… y hasta tanto se encontraba ésta, jugaban el habitual y equilibrado partido de fútbol global, de titulares y reservas, lesionados e impedidos, capaces y decididamente torpes, aquellos partidos de 79 críos+ Blay Torremadé, que dominaba el juego antiaéreo- contra los otros 79 + Cámara de Juan, que como andaba entrado en carnes por aquellos años cubría mucho campo –casi todo el campo en realidad-; alguno de los 31 centrocampistas de uno de los equipos, dio un patadón al descolorido y frágil balón casi de reglamento, y tras describir lo que más tarde supimos era una extraña parábola, porque no era de tipo evangélico, sino matemático, desapareció tras una de las tapias de la ciudad jardín que delimitaba nuestro patio de armas por occidente, justo por donde se nos iba el sol todas las tardes de invierno, lentamente, en aquellos interminables minutos en los que con una enorme desgana dejábamos el bloc de dibujo, aquel universo de gruesa cartulina blanca creado para ser sistemáticamente borrado, para tomar con mal disimulada pereza el libro de Geografía Universal… y curiosamente también del mundo…
Pero, aquellas dulces rutinas iban a verse alteradas justo en el momento en el que perdimos de vista el balón y oímos a lo lejos, entre el frufru de una agitada sotana, aquella fatídica pregunta…¿quién ha sido?.

 De forma mal disimulada, cada equipo se fue mirando sus propias debilidades; y los que éramos un poco más torpes con el balón o decididamente inútiles para el juego, teníamos todos los boletos en aquel rápido ejercicio de sorteo de culpabilidad. Pero nadie dijo nada, creándose un silencio brevemente interrumpido por un Boeing 747, que como todas las tardes surcaba el cielo de aquella abreviada ciudad para buscar la ruta que le llevaría 10 horas más tarde al aeropuerto de Buenos Aires o de Montevideo. La plantilla del equipo de “tos pabajo” y los del equipo de “tosparriba” se dispusieron a mirar al cielo para disimular y evitar ser identificados –como habitualmente se hacía en clase de Mates-; pero también para ver al tiempo cómo se perdía a lo lejos y se difuminaba poco a poco, la estela de humo que identificaba a aquellas vetustas aeronaves; pero nadie dijo nada. 

Continuará...

viernes, 11 de noviembre de 2011

Hipérboles y parábolas de mayo del 68 en la ciudad vertical.



Aquel día de mayo de 1968,  habían ampliado la hora del recreo porque el cura de Religión estaba en crisis.. de fe o estaba el de la deuda griega en la garganta. Las 117 criaturas de tercer curso, los mayores de la ciudad vertical, casi todos en pantalón corto y vergonzante bigote, vagaban por el patio en busca de alguna razón para seguir allí… y hasta tanto se encontraba,  jugaban el habitual partido de fútbol: 59 + Blay, que dominaba el juego antiaéreo- contra 56 + Cámara, que como andaba entrado en carnes por aquellos años cubría mucho campo –casi todo el campo en realidad- ; alguno de los 31 centrocampistas de uno de los equipos, dió un patadón al descolorido y frágil balón casi de reglamento, y tras describir lo que más tarde supimos era una extraña parábola, porque no era de tipo evangélico, sino matemático, desapareció tras una de las tapias de la ciudad jardín que delimitaba nuestro patio de armas por occidente, justo por donde se nos iba el sol todas las tardes de invierno, lentamente, en aquellos interminables minutos en los que con una enorme desgana dejábamos el bloc de dibujo, aquel universo de gruesa cartulina blanca creado para ser sistemáticamente borrado,  para tomar con mal disimulada pereza el libro de Geografía Universal… y del mundo… Pero aquellas dulces rutinas iban a verse alteradas justo en el momento en el que perdimos de vista el balón y oímos a lo lejos, entre el fru..fru de una agitada sotana, aquella fatídica pregunta…¿quién ha sido? … 

Continuará... 

Basilio Calderón

sábado, 18 de diciembre de 2010

Cuento de diciembre (II)

Tiempo de adviento, si, de crónicas y mal disimuladas penurias familiares en el arranque del desarrollismo español, de apresuradas compras de reyes que siempre consistían en una pistola de plástico de color plateado y con un poco de suerte con funda y pistones para hacer ruido; tiempo, ay, de emigración, de vidas de suburbio, al borde del desarraigo, de paga laboral semanal en sobre amarillo, de gracias señor, a mandar señor… ¿vuelvo el Lunes?... y en medio la navidad ay, aquella navidad…en la que desembarcábamos casi sin anestesia para conocer, ahora de primera mano, que había fallecido la tía nuestra tía, siempre nuestra tía…para participar en dos apresuradas semanas de la vida familiar, efímera, esperando o desesperando por la vuelta a Zamora, a estudiar a Zamora.. aquella Zamora, ahora maldita Zamora… ¡que hacía yo en Zamora¡
Ahora, contemplada ya desde tanta distancia, por no decir tantos años, he de reconocer que el tiempo de la navidad siempre me resultó extremadamente equívoco a fuer de triste; nos hacía vivir una breve ficción, desconcertados, en la que cambiábamos, la vida predecible intramuros, por una breve y canalla singladura, alternando tardes de cine en ByN tras la carta de ajuste, en aquella flamante TV Philips recién llegada a casa, o interminables sesiones de las salas de cine del barrio, de programa doble, partidas de billar o futbolín y más tarde el merodeo a las puertas de aquellas viejas y horteras discotecas donde.. pero mira como beben los peces en el río, pero mira como beben, acudíamos tras la misa, de precepto dominical, seguida al inevitable ritmo del ande, ande, ande, la marimorena ande, ande, ande que es la nochebuena, en el que también nos reeducaban aquellas viejas radios Iberia, entre el anuncio de colacao, el serial de Matilde Perico y Periquín, un nuevo anuncio de los zapatos Segarra, la novela de media tarde, y el parte…siempre el parte….¡que alegría!... Veinticinco de Diciembre, fum, fum, fum. Veinticinco de Diciembre, fum, fum, fum.
Abandono por un momento los recuerdos que anticipaban mi más inmediato futuro en las dos próximas semanas y limpio la ventana del vaho acumulado después de 4 horas de viaje en aquél viejo autocar Setra-Seida al que había que animar: arre borriquito, arre burro arre, anda más deprisa que llegamos tarde…. para comprobar que, por fin,…ole ole Holanda, Holanda, olé, Holanda ya se ve.. ya se ve..ya se ve.
Valladolid 
Diciembre 2010
Basilio

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Cuento de diciembre

El camino que lleva a Belén, baja hasta el valle que la nieve cubrió : un final de trimestre de zambomba y pandereta en la ciudad vertical.

Cielos….aquel día de mediados de diciembre, pasada la Inmaculada, Concepción, empezaba de forma diferente; algo había cambiado en la rutina de todo el trimestre, aquella que interrumpía nuestro profundo sueño adolescente con cualquier corte de aquellos empalagosos long Play`s de Ray Coniff, quizá del inefable “I Love How You Love Me” o la famosa deconstrucción del “Bridge Over Troubled Water” de los no menos cursis y melosos Simon& Garfunkel, que ralentizaban nuestro despertar en repetida alternancia con los Indios Tabajaras responsables, sin haber ido a la cárcel por ello, de Frenesí, Amapola, o El Pájaro Campana… A cambio, aquellas viejas columnas grises de metálico sonido de parroquia de barrio, nos envolvían en un nuevo mantra que vendría a marcar el ritmo de final de trimestre: los villancicos.

En aquel tiempo de adviento, que sin la presión comercial se iniciaba cerca del día 15 de Diciembre, la nueva rutina musical del Belén, campanas de Belén, que los ángeles tocan que nuevas nos traéis…venía a coincidir con la primera de las tres semanas grandes en la ciudad vertical, semana de exámenes de cuyo resultado dependería más tarde el color de la navidad….Ay, del Chiquirritín, Chiquirriquitín, metidito entre pajas! y además teniendo que estudiar al mismo tiempo, a modo de posología de prospecto: mañana tarde y noche.
Aquel tiempo nuevo nos sumía en una profunda melancolía; los villancicos nos hacía evocar nuestra casa con la que habríamos mantenido un último contacto tras escribir y entregar al cura una postal dedicada a la madre, que habría recibido el día 8, el día la de Inmaculada… para comprobar que “con todo mi corazón.. te envío esta felicitación…. Madre amada, madre buena, nos veremos en nochebuena, podríamos haber añadido si el sarcasmo hubiese tenido cabida en nuestro discurrir culto y domesticado. Pero hasta llegar a ese momento habíamos de pasar toda suerte de penurias reclamando a María que viniese corriendo porque el chocolatito se lo están comiendo y yo lo había dejado en aquel doble fondo de la base del armario, quizá junto a un tubo de leche condensada, alguna caja de galletas rancias sometidas a riguroso racionamiento y aquél enorme libro ilustrado sobre la Prehistoria que tenía Gabriel en el que empezamos a descubrir, contemplado al homo sapiens desnudo, en pareja, y en grupo… el significado de la letra de villancico que sonaba en el pasillo ¡Ay del Chiquirritín metidito...!

Pero lamentablemente, lo que los villancicos realmente preludiaban eran los tres días de exámenes en los que teníamos que justificar, aprobados mediante, nuestra estancia en el internado; tres días en los éramos convocados al ritmo de campana sobre campana y sobre campana una… que junto con el inefable megáfono de D. Félix tocaban a rebato, desordenaban nuestro ánimo y probablemente también las chuletas cuidadosamente clasificadas la noche anterior en el frío plato de ducha de la planta 5ª. No recuerdo en cambio nuestra vieja ciudad decorada de navidad…quizá alguna estrella de papel plateado y un belén recortado en papel de color sobre el fondo neutro de los tablones de corcho de la planta baja…, en feroz competencia territorial con el mensaje permanente sobre las misiones o el Domund, o Santo Domingo Savio o D. Bosco o… quizá un Belén de figuras de barro en la capilla, pero nada más extraordinario porque no eran fiestas, era navidad y vacaciones de navidad.
Continuará...
 Basilio

miércoles, 13 de octubre de 2010

Cuentos de Octubre (final)

 Y solos, nada que leer, salvo aquel Triunfo y a Miret Magdalena para formar la conciencia entre claveles y rosas en el mar. Casi, casi sin entender nada de nada y nada que escuchar, nada con que llenar el vacío, aquél abismo que solo se podía colmar contando los minutos que habían pasado y los muchos que quedaban por pasar, en aquel tiempo en que nosotros éramos los móviles, de traslados rutinarios desde el centro del mundo, desde la ciudad vertical, tan cerca del cielo-raso, señor, sí señor, a la periferia, a aquel cinturón de asteroides, de pequeñas y grises ciudades del que procedíamos.
Y la música sigue sonando. Por momentos alguien se apiada o se le acaban los duros y cesa al fin, tras un sonido metálico que vuelve a alojar el vinilo en su contenedor, pero sigue sonando en la cabeza; notas musicales siempre útiles para desanclar pensamientos, y envolverlos en aquellas canciones de festival de juventud, de letras edulcoradas clamando por la justicia en el mundo, por la amistad, la camaradería, y el amor a las flores, al sol la vida y a la madre… patria de corazones perdidos entre aquella niebla de la estación de Zamora, sin épica, sin Bogart ni Bergman; solo melancolía, a lo lejos, muy a lo lejos melancolía; y, solos, pavorosamente solos, cargando con una pesada maleta llena de nada, para volver sin nada.

Basilio Calderón Calderón
Octubre 2010.

jueves, 7 de octubre de 2010

Cuentos de Octubre (1ª parte)

 SOLOS Y CASI SIN MEMORIA: DE CUANDO EMPEZAMOS A GOZAR DE AUTONOMÍA SIN SER AUTÓNOMOS. 

Cuando el trimestre acababa, éramos lanzados, ya desde los 15 años, a los andenes de aquella vieja estación de Zamora, de tren o autobús, estación de espera, solos, pavorosamente solos, cargando con una pesada maleta llena de nada, de lo mismo que habíamos traído, pero desestructurado, casi irreconocible, nos enfrentábamos a un largo viaje sin más compañía que nuestra memoria. Recuerdos ahora de largas horas de esperas y transbordos, de frío en alguna vieja cantina de estación, adosados a nuestra maleta y comiendo, probablemente, un bocadillo de tortilla de piel coriácea, mirando permanentemente se soslayo a aquella maleta gris, por si salía corriendo, y recordando las voces de todos, desordenadas, y las dudas por los exámenes que acabábamos de terminar.
Sin nada más; estampa de soledad parcialmente edulcorada, quizás, por los ecos de aquella especie de música que salía del tocadiscos- máquina de bar, de a 5 pesetas en las que siempre sonaba Nino Bravo o Raphael, Fórmula V o los Diablos, recordándonos que Evamaría se había ido a la playa y nos había dejado en la más profunda desolación, abandonados en aquellas enormes playas de maniobra, de imposibles cruces de vías, y catenarias, de la enorme estación de la pequeña Medina del Campo.
Llevando toda la música en la cabeza, pequeño mp3 en el que competían las últimas fórmulas del área del círculo, imprecisos recuerdos de imposibles ecuaciones de primer grado ya que la Gallia est omnis divisa in partes tres, o el tengo que escribir una postal a no se quién. En noches cerradas y frías, andén arriba, andén abajo ¿me cuidas la maleta? Y tren procedente de… que veíamos detenerse en aquella lejana vía 6, sentados con la solapa del abrigo hasta los ojos y solos, mirando la hora cada minuto en aquel viejo reloj Candeleanu Watch o Duwart del tiempo detenido, entre aquellos densos bancos de niebla de Diciembre y olor a grasa y carbón y bocadillo de chorizo envuelto en páginas de arranque de abecedario.
Continuará... 
                               Basilio

domingo, 5 de septiembre de 2010

Topografía del aula ULZ



Cuentos de septiembre
DE CUANDO ERA IMPOSIBLE PASAR DESAPERCIBIDO.

Lunes, 10,04…comenzaba la clase. Rumor de fondo…..tapas de pupitre cerrándose para ocultar nuestras fuentes de la sabiduría, aquellos inabarcables  manuales de bachillerato…silencio espontáneo….progresivo…roto por una tos nerviosa, alérgica a lo que se avecinaba, de alguno de nosotros. La pizarra quedaba huérfana de miradas, fijas ahora en la tapa del pupitre, esperando…el temido ¡vamos a ver!...ummm….; y es que  el profesor de turno, que en los primeros años era con bastante probabilidad un cura,  había tomado la plantilla de la clase, el mapa  topográfico de nuestro territorio, 1:50.000, delimitado al sur por unas ortopédicas estanterías donde reposaban las bolsas de gimnasia y, debajo, una hilera de perchas para colocar la ropa de abrigo con la que salir camuflados al recreo y para esquivar el frío.
Al oeste, dos grandes ventanas capaces de encoger con el paso de los años y al este una enorme ventana de control, ventana de indiscretas miradas, luz a nuestra derecha, para evitar mirar al Norte y esquivar el vértigo de aquella enorme pizarra; agujero negro de nuestros escasos conocimientos y laberinto para todas nuestras dudas.
En ese momento el tiempo quedaba detenido… los segundos eran interminables hasta que el dedo se posaba sobre una de las fotos de la plantilla de control que luego supimos se llamaba orla. Vamos a ver… Calderón salga a la pizarra y escriba  si x es igual al cuadrado de la suma de y-x ¿cuál es el valor de z, si éste es una octava parte de Y ….¿….? …¡mande!.... Pero lo malo no era escribir o pesar casi levitando en la tarima, con el tiempo suspendido, o casi; lo malo era tener que dar la espalda al mundo, perder el control de lo que pasaba detrás; el miedo a deslizar una falta de ortografía, a cuánto se estarán riendo de mi.  Un temor infundado –porque la mayor parte sufríamos del mismo vértigo al escenario, pero inevitable, porque era rutina diaria en el comienzo de las clases, en todas las horas en una ciudad tan conocida entonces como casi desconocida ahora; porque… si revisamos el álbum de nuestros años internados comprobaremos que casi no disponemos de fotos de su interior ni de nosotros en su interior.
El lugar de la foto era el patio, y la composición era casi invariable: ora alineados, pareados, o adosados, ora desordenados, amontonados superpuestos o apilados, pero casi nunca aislados… porque el grupo era nuestro asidero, una suerte de alienación para evitar sentirnos solos, una forma de vivir alternativa al aislamiento de las interminables horas de “estudio”  dispuestas entre recreos en los que, quien permanecía solo, o estaba repasando o estaba deprimido o ambas cosas al tiempo; en aquel tiempo de soledades acompañadas, adosadas, alineadas, pareadas, desordenadas…No hay fotos del interior porque ¡Ay!  aquellas viejas cámaras sin flash, no daban más de sí y además, prohibidas a diario,  no dejaron casi constancia de nuestro paso por aquel laberinto de racionalismo arquitectónico extremo; unidad de habitación, máquina para vivir en orden, funcionalismo de maqueta, para vidas de maqueta.
Un espacio  dibujado ahora por cada uno, en sus recuerdos, en blanco y negro, como territorio único, de veredas en mil formas percibidas, en las mil ciudades vivas en aquella ciudad vertical que sobrecogía nuestro ánimo cuando, percibida a lo lejos, tras las gastadas cortinas del autocar, roja acristalada, confundía nuestro ánimo. Y nos hacía dudar entre las ganas por llegar y ver el progreso de la incipiente barba de los amigos y las ganas de volver a los brazos de quienes habíamos dejado en un andén, probablemente llorando, confinados en que tres meses pasarían en un suspiro.
Basilio Calderón Calderón
Valladolid, Septiembre 2010

viernes, 3 de septiembre de 2010

Preparando el 45 anivesario


Pasó el tiempo
30 de septiembre de 1966,  30 Junio 2011,
45 años, 16425 días desde que llegamos
Teníamos 11 años, embutidos en pantalón corto
De domingo
Al fondo, Zamora
Tras la curva de Fresno de la Ribera
Aquella curva interminable
acomodada al trazado del  decimonónico ferrocarril
De acrónimo casi soviético, 
De Madrid a Vigo
mzov
Al final de aquella recta interminable de Coreses
Allí, en un alto llamado “de los curas”
En una tarde otoñal, oscura
Luego lluviosa
Fuimos entregados a nuestro internado sin  nombre
sólo laboral
Y llegamos tarde, con el curso casi empezado
a aquel  edificio a medio hacer
para vivir  en el vértigo de aquellas 10 plantas
cientos de peldaños
para ver el ascensor
En nuestro pequeño empire state
Donde quedaron internados algunos años de nuestra vida
cuatro, cinco, seis…
uno era mucho
Y al fondo, de fondo,  Zamora
45 años, 16.425 días desde que llegamos
30 de Junio de 2011, 30 de septiembre de 1966
El tiempo se nos escapa
Corre hacia nosotros….

Basilio

jueves, 17 de junio de 2010

Pronto... cuanrenta aniversario

1972-2012: cuatro décadas, cuarenta años, cuarenta aniversario…

¿Recuerdas?
20 de Junio de 1967 30 Junio 1972,
2.190 días de cuando, para todos, treinta y ocho años ha,
los días eran casi interminables.
Seis años de encuentros,
regulares, predecibles, histéricos, desquiciados, aburridos,
de horas de clase de 55 minutos,
en nuestro pequeño y distante territorio
sembrado de centenares de pequeñas caras
entonces inocentes,
siempre de recién llegados,
……………………………………..
tropa de veteranos de las guerras del Consejero, y de fray milímetro
de escaladas de diez plantas
nuestro primer ochomil de la vida
escalando, andando.
Damnificados del frío de aquellas aulas,
de zamorano frío residente,
aquel frío apostado a las puertas,
sembradas de huellas de aquellas colillas
apagadas apresuradamente
entre clase y clase,
de cuando se fumaba,
de cuando el humo era el móvil
de aquella era pre-digital
mensaje de veteranía,
Y de llamadas perdidas
Voces perdidas por largos pasillos
Colegio San Fernando

………………………………………..
Y comienza la clase
Buenos días… terminamos ayer… hasta mañana
Y así día tras día,
algunos miles de días
2.190 días de aquel tiempo
de largas y tediosas mañanas y tardes,
de aquellos interminables días de entonces
cautivos de la geografía, la historia
las matemáticas o el latín.
Aulas donde se mecieron sueños juveniles
en las que se podría percibir, seguro,
el eco de nuestras cándidas inquietudes
y las huellas de la memoria
cuando la memoria era futuro,
ahora que ya no nos pertenece

Basilio

viernes, 16 de abril de 2010

La despreocupada tensión de la ciudad vertical. Tiempo de ingenuos sinvivir


Las voces del pasillo eran progresivamente engullidas por las paredes de cada clase…desaparecía la huella sonora del grupo D… del C…y así hasta que entraba el grupo A, el primero en el pasillo, cerrándose con el golpe seco de la puerta toda esperanza de huída. Sucedía a este ritual de entrada un pequeño concierto de sonidos nerviosos…la tos del que siempre tenía tos, que vivía materialmente colgado de su bufanda de cuadros, y respiraba a través de aquellas minibombonas de viks vaporub, el apresurado pasar de páginas del manual para recordar las últimas fórmulas, el estruendo imperceptible que en nuestro ánimo provocaba simplemente el pensar dónde habíamos escondido la chuleta con las fórmulas, el  ruido de las últimas preguntas al que sabía…dudas entre despejar o no,  ruido del propio miedo adherido a las paredes del estómago, ahora vacío por no haber podido comer el bocadillo. Y también el ruido de levantar tapas de pupitre, de buscar el bolígrafo entre los libros de texto, los cuadernos, la agenda anual, el rosario, las reglas y cartabones y el inclasificable  bloc de dibujo;  ruido también de tropezones y zancadillas a los últimos de la fila...gilipollas…, y de caídas, también, de la tapa del pupitre…una…otra…otra más…y … .la mía  que fue la última…..hasta que una palabra suya hacía desaparecer el ruido, ponía nuestra mente en blanco, provocaba la huída de las escasas neuronas sobrevivientes a la clínica del dolor de estómago, y aceleraba las pulsaciones hasta provocar la migración del corazón a la garganta….hasta que el eco que se generaba en  nuestro despoblado cerebro hacía llegar al oído aquellas dos palabras suyas, que bastaban para sumirnos el resto de la hora típica  de los años sesenta, horas de  59 minutos, en una profunda melancolía ante la hoja en blanco: problema “C”.
Valladolid Abril 2010.

Basilio

lunes, 12 de abril de 2010

La despreocupada tensión de la ciudad vertical. Tiempo de ingenuos sinvivir


             Un penetrante sonido de silbato nos reclamaba tras el recreo de media mañana. Hoy había tocado en el bocadillo el esperado chorizo de pamplona de todos los martes pero es probable que al ir a cogerlo, entre las prisas y empujones de la fila, se hubiesen distraído las dos rodajas concebidas para separar las dos mitades del bollo. Y como no había retorno ni se podían pedir  explicaciones al cura que vigilaba este quehacer matutino, pues no nos habría quedado más remedio que prescindir del bocadillo o mordisquear el pan, a palo seco, junto a aquella fuente alineada de múltiples e hiniestos caños y lánguido surtidor de agua incolora, pero sabrosa, con unas propiedades aromáticas que irían ya en nuestra vida asociadas al concepto de  agua; y si cierras los ojos es probable que llegues a olerla, mezclada con el olor del polvo de arcilla y del sol secando el suelo tras las tormentas de primavera, del áspero olor de los cardos y las ocho flores silvestres  y también  de aquellos lejanos árboles –seis- del paseo de entrada al complejo; ay aquella fuente, lugar de húmedos encuentros –de sudor o de agua propulsada- abrevadero para calmar la angustia –ahora denominada ansiedad-  que nos invadía antes de subir a la primera clase tras el recreo, que si era la de matemáticas,- lo que solía ser frecuente- tenía la virtud de hacer mudar la angustia en miedo, de hacer vacilar nuestro paso en la fila, de hacernos aparecer con el rostro demudado, entrenado para no mirar de frente, para no destacar en aquellos pequeños pupitres entre los que, por orden alfabético algunos gozábamos de una posición privilegiada…tan cerca del saber…y tan cerca del miedo. 
Continuará ...

Valladolid abril 2010
Basilio

miércoles, 17 de marzo de 2010

El recreo (final)


Y aquello eran los recreos, nuestros recreos; pautas programadas antes de casi todo o entre casi todo o después de casi todo; recreos dolorosos entre clases, recreos expectantes en los días festivos, hambrientos, rutinarios, desganados…en general; miles de recreos, adolescencia de recreos en aquel tiempo gris, tiempo de mutualidades laborales, de efectos postales y un solo teléfono anclado a la pared del hall, que durante tantos años contemplamos sin verle utilidad, porque nada había en el otro lado para comunicarse con nosotros, de líneas de ida sin vuelta; en aquel tiempo de recreos tan poco proclive a recrearse, tiempo de sala de televisión amueblada con duras sillas grises de formica donde vimos, seguro, comiendo pipas, algún tedioso partido de fútbol en las aburridas tardes de los domingos de nuestros catorce años. Más de cuatro décadas después… de nuestros añorados recreos de los catorce años.

Basilio

domingo, 14 de marzo de 2010

El recreo... (1ª parte)


DE CUANDO POSEIAMOS EL TIEMPO. MEMORIA DE UN INFINITO INSTANTE  DE RECREO EN  CUALQUIER LUGAR DE LA CIUDAD VERTICAL
En Zamora a mediados de los sesenta, en un día como tantos, que a fuer de repetidos nunca eran singulares y de forma rigurosa, a las 11 de la mañana, la tensión se daba una tregua para airearse y tomar un bocado; treinta minutos de respiro en los que éramos capaces de hacer una primera cola para coger un bocadillo, hacer otra larga cola ante los servicios, fumar, los más osados, un celtas corto al final de aquél largo pasillo de la planta baja, lugar para aquellas huídas apresuradas garantizadas por una portezuela que nos permitía dar una “calada”  en el interior y si el caso lo requería expulsar el humo en el exterior; y como el tiempo todavía era generoso con nuestra vida, también éramos capaces de jugar un partido de la intensidad de hora y media en tan solo 5 minutos, ante la atenta mirada de de “el Consejero “ o de algún otro cura capaz de sumarse al evento con la sotana recogida a la altura de la cintura y el alzacuellos desatado, desbocado y agotado tras su vano intento de quitarle un balón al “chupón” de cada clase.
Treinta infinitos minutos en los que corríamos más que el tiempo, para poder llenar, tal vez, el abismo  emocional en el que vivimos, para no pensar ni siquiera en el tiempo de nuestra propia existencia, devorando aquellos dóciles minutos de los que entontes éramos poseedores… dominadores, derrochadores entre pitillos clandestinos, partidas de pin-pon, de damas o dominó; y de patadas al balón contra el vacío que delimitaban tres tubos de hierro mal pintados de blanco o contra aquella pared sur del aulario donde nos resguardábamos en los días de viento, allí donde apurábamos el sol de febrero dando la espalda al horario que nos tenía allí recluidos.
Continuará ...
Basilio

miércoles, 10 de marzo de 2010

Cantemos a María... (final)


Y tras él ... el patio de primavera en mayo, colmado ora de sol y frío, ora de viento y lluvia, nuestro patio de primavera, de repaso de lecciones, de carreras tras los otros o tras el balón de los otros, de corrillos para fumar, privados del universo femenino apenas entrevisto una vez a la semana en el paseo dominical o mejor el desfile de 3 a 5 de la tarde, oyendo los resultados del futbol y alguna canción dedicada de Rafael Farina en el  pretecnológico transistor de algún compañero justo cuando la ciudad dormía, cuando se podía percibir la quietud conventual de aquella vieja Zamora anclada en sus limitaciones históricas, vertebrada por la espina dorsal de Santa Clara.
Y en estas adolescentes tribulaciones se nos iba el tiempo casi sin sentirlo hasta que, sin conocer ni el orden ni la hora, sabíamos que nos acabarían llamando por destinos geográficos para formar, arrastrando aquellas maletas de cartón plastificado, frente al edificio principal en el que nos esperaría un autocar…; aquél autocar siempre con el motor en marcha y un número adherido al parabrisas;  vehículo de ruta discrecional  e indescriptible olor en el que había que realizar un viaje de muchas horas, por rutas nacionales –voy por rutas imperiales- de ida y vuelta, entre ceniceros repletos de colillas, asientos de eskay preñados de gomaespuma y cortinas de ventanilla ajadas, cansadas de tanto ir y venir para ocultar el sol en los tres meses de infierno, de verano y vacación escolar que, varias horas mediante, nos esperaban al final de la ruta.
Basilio

martes, 9 de marzo de 2010

Cantemos a María... (2ª parte)

Y se oían voces en el comedor, en los pasillos, en los dormitorios, a la salida de las clases, en el asalto a la cesta del bocadillo o a las chocolatinas de la merienda… voces, aquellas voces…; voces; voces para olvidar el tiempo, para enmascarar el silencio, el olvido que nos mantenía asidos a aquél lugar, en aquel tiempo de rutinas que socializaban nuestro ánimo, que contribuían a hacernos olvidar con extrema eficacia la peripecia generacional que nos empadronó en aquel territorio, todo predecible y vertical.
Ciudad de largos pasillos, de camarotes, aulas e interminables hileras de compañeros formados de a dos en fondo; alegrías y miserias ordenadas, atesoradas por aquella uniformada tropa en la que la necesidad nos había enrolado. En silencio se accedía al salpicadas por tediosas lecciones, corrección de deberes y problemas, preguntas, respuestas, reprimendas, hasta que, al aula para cantar, de entrada, aquél “… venid y vamos todos con flores a maría… que madrenuestra.es; y después… silencio, aquél temeroso silencio que presidía las largas sesiones final, un timbre, siempre un timbre, ponía fin a la agonía del aquel tiempo y espacio virtual, vivido entre comarcas, reyes católicos, batracios, ecuaciones, vectores y valencias; entre el cándido canto del “de nuevo aquí nos tienes purísima doncella más que la luna bella postrados a tus pies” ….y el estridente sonido del timbre que daba fin a aquella sucesión de asignaturas que luego supimos era el horario escolar.
Continuará...
Basilio